
Suena el despertador.
07:15 de la mañana.
¡Joder qué ojeras!
El espejo no engaña y te devuelve una mirada un poco más cansada que la de la mañana anterior. Me estoy haciendo viejo a pasos agigantados. Esto no lo firmé yo en ningún contrato. ¿Quién coño tiene derecho a hacerme semejante putada? Me doy cuenta poco a poco que no soy el mismo. Algo ha cambiado. He perdido partes de mi que ayer tenía y han surgido otras nuevas que me ayudan a seguir el camino. Todas estas más duras que las anteriores. Y es que el camino es cuestá arriba y está lleno de ortigas. Y tú, amigo estás descalzo y con los huevos al aire. Pero hay que seguir, ¿no? Pues sigo... Miro por el balcón a la gente pasando calle arriba y calle abajo. Recién duchados, con el pelo aun mojado y carpetas bajo el brazo. ¿Habrán estado en sus balcones, media hora antes, pensando lo mismo que yo? Salgo con Evita a la misma montaña de siempre y me sigue meneando la cola como si la llevase al paraíso. A algún lugar repleto de huesos y culos de perros a los que olisquear. Y viene contenta, totalmente feliz, aunque vayamos a la misma montaña de siempre. Y en la misma montaña de siempre corretea y sigue meneando la cola. ¿Quién coño me ha metido en la cabeza tantas posibilidades? ¿Por qué coño soy hoy una persona nueva? No me reconozco siquiera en lo que pienso. Pero sigo andando. A las 9:00 abro el estudio y me tiene que dar tiempo aun de desayunar. Cada persona que me encuentro me saca de mi reflexión. Tal vez, el truco esté en rodearse de gente. -Buenos días-. Me dice sonriendo la mejor amiga de mi ex. Piensas que soy un cabrón. ¿Por qué carajo me sonríes? Pienso qué partes de mi seguiré manteniendo en el futuro y cuáles desaparecerán sin dejar rastro. Mañana no seré el de hoy así que tengo que darme prisa de conocerme un poco mejor.





